31.8.05

El mundo (ya) no nos quiere

Hay dos citas brillantes que me encantan. La primera, anónima hasta donde yo sé, dice: "Que no seas paranoico no quiere decir que no te persigan"; y la segunda, una de las innumerables perlas de La maldición del Escorpión de Jade, es una respuesta a la siguiente pregunta: "¿Sabes cómo llaman a los que creen que todo el mundo está en su contra?". Y va Woody y responde: "Perspicaces".

Son dos frases divertidas porque encierran una gran verdad y una gran mentira. Todos sentimos alguna vez que el mundo, o parte de él, está en nuestra contra. Por otro lado, nadie nos persigue.

Las teorías conspirativas son suculentas, como lo es todo misterio, pero suelen reflejar un victimismo y un egocentrismo insano. ¿Cómo va a perseguirte alguien a ti? Sería la réplica adecuada para los paranoicos. ¿Por qué iban "ellos" a conspirar contra ti? Quien eres tú, respecto al mundo, para ser engañado. Porque de las conspiraciones que hablo son de las que afectan a uno, aquellas en las que uno se siente engañado, estafado, perseguido, burlado y menospreciado.

Nunca he creído en conspiraciones, más que nada porque, como casi todo en la vida, fallarían por el factor humano. Ningún humano puede hacer una tarea perfecta y si juntamos a unos cuantos ni te cuento. Y una conspiración necesita ser perfecta; perfecta e invisible, sutil e inexplicable, rocambolesca y maliciosa. La conspiración tipo es aquella que nadie es capaz de ver... excepto la víctima.

Sigamos con las citas. En la película Conspiración (que evidentemente nos viene al pelo), el paranoico Mel Gibson responde a la pregunta de Julia Roberts sobre quienes son "ellos", los protagonistas de todas las conspiraciones. "No lo sé, ellos - responde él- Si supiera quiénes son ya no sería una conspiración". Está claro. Es decir, que para que sea auténtica, una conspiración no debe existir.


¿La mejor conspiración de la historia?

5.8.05

La vida en un suspiro

Este año se cumplen 250 de los inicios del estudio arqueológico de la desaparecida bajo el Vesubio Pompeya y 60 (mañana) de la desaparición de Hiroshima bajo la bomba atómica. Ambos casos han despertado desde muy pequeño un profundo interés en mí.


En apenas 10 segundos, los 350.000 habitantes de Hiroshima vieron como sus vidas cambiaban radicalmente; acababan, de hecho. Ya fuera en esos 10 segundos o en los meses siguientes, más de 200.000 personas murieron de la forma más horrible. Todo lo que estuvieran haciendo ese 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana dejó de tener la más mínima importancia unos segundos después. Todo lo que eran, sentían, compartían, anhelaban y les preocupaba desapareció en un suspiro.


En Pompeya, el efecto fue más devastador aún, puesto que la ciudad dejó de existir bajo una espesa capa de lava solidificada (en Hiroshima quedaron algunos edificios en pie). Sin embargo, sus habitantes tuvieron más tiempo de reacción: un día entero. A pesar de ello, no podían escapar por mar (el viento les empujaba a quedarse en la ciudad) ni a pie (estaban rodeados por las expulsiones del volcán). Murieron aplastados, quemados o envenenados por los humos tóxicos.



Lo que les une es que ni unos ni otros sabían qué les pasaba. Lo perdieron todo en un suspiro; dejaron de ser en un momento. En griego no existía una palabra para designar un volcán; no sabían lo que era ni sabían qué tenía en las entrañas su montaña vecina. Supusieron que era el fin del mundo. Aún hoy no tenemos una palabra para definir lo que pasó en Hiroshima. Tampoco creo que las víctimas (ni los supervivientes) comprendieran en un millón de años la naturaleza de lo sucedido. No fue el fin del mundo, pero sin duda estuvieron más cerca en Japón que en Italia. Quizás nos seguimos acercando.


Los más antiguos comprendieron que hay que respetar y conocer la naturaleza. Los japoneses comprendieron que nada justifica la aniquilación. Esperemos que lo entendieran también los que pueden evitar que se repita.