La vida en un suspiro
Este año se cumplen 250 de los inicios del estudio arqueológico de la desaparecida bajo el Vesubio Pompeya y 60 (mañana) de la desaparición de Hiroshima bajo la bomba atómica. Ambos casos han despertado desde muy pequeño un profundo interés en mí.

En apenas 10 segundos, los 350.000 habitantes de Hiroshima vieron como sus vidas cambiaban radicalmente; acababan, de hecho. Ya fuera en esos 10 segundos o en los meses siguientes, más de 200.000 personas murieron de la forma más horrible. Todo lo que estuvieran haciendo ese 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana dejó de tener la más mínima importancia unos segundos después. Todo lo que eran, sentían, compartían, anhelaban y les preocupaba desapareció en un suspiro.


En Pompeya, el efecto fue más devastador aún, puesto que la ciudad dejó de existir bajo una espesa capa de lava solidificada (en Hiroshima quedaron algunos edificios en pie). Sin embargo, sus habitantes tuvieron más tiempo de reacción: un día entero. A pesar de ello, no podían escapar por mar (el viento les empujaba a quedarse en la ciudad) ni a pie (estaban rodeados por las expulsiones del volcán). Murieron aplastados, quemados o envenenados por los humos tóxicos.


Lo que les une es que ni unos ni otros sabían qué les pasaba. Lo perdieron todo en un suspiro; dejaron de ser en un momento. En griego no existía una palabra para designar un volcán; no sabían lo que era ni sabían qué tenía en las entrañas su montaña vecina. Supusieron que era el fin del mundo. Aún hoy no tenemos una palabra para definir lo que pasó en Hiroshima. Tampoco creo que las víctimas (ni los supervivientes) comprendieran en un millón de años la naturaleza de lo sucedido. No fue el fin del mundo, pero sin duda estuvieron más cerca en Japón que en Italia. Quizás nos seguimos acercando.


Los más antiguos comprendieron que hay que respetar y conocer la naturaleza. Los japoneses comprendieron que nada justifica la aniquilación. Esperemos que lo entendieran también los que pueden evitar que se repita.
En apenas 10 segundos, los 350.000 habitantes de Hiroshima vieron como sus vidas cambiaban radicalmente; acababan, de hecho. Ya fuera en esos 10 segundos o en los meses siguientes, más de 200.000 personas murieron de la forma más horrible. Todo lo que estuvieran haciendo ese 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana dejó de tener la más mínima importancia unos segundos después. Todo lo que eran, sentían, compartían, anhelaban y les preocupaba desapareció en un suspiro.
En Pompeya, el efecto fue más devastador aún, puesto que la ciudad dejó de existir bajo una espesa capa de lava solidificada (en Hiroshima quedaron algunos edificios en pie). Sin embargo, sus habitantes tuvieron más tiempo de reacción: un día entero. A pesar de ello, no podían escapar por mar (el viento les empujaba a quedarse en la ciudad) ni a pie (estaban rodeados por las expulsiones del volcán). Murieron aplastados, quemados o envenenados por los humos tóxicos.
Lo que les une es que ni unos ni otros sabían qué les pasaba. Lo perdieron todo en un suspiro; dejaron de ser en un momento. En griego no existía una palabra para designar un volcán; no sabían lo que era ni sabían qué tenía en las entrañas su montaña vecina. Supusieron que era el fin del mundo. Aún hoy no tenemos una palabra para definir lo que pasó en Hiroshima. Tampoco creo que las víctimas (ni los supervivientes) comprendieran en un millón de años la naturaleza de lo sucedido. No fue el fin del mundo, pero sin duda estuvieron más cerca en Japón que en Italia. Quizás nos seguimos acercando.
Los más antiguos comprendieron que hay que respetar y conocer la naturaleza. Los japoneses comprendieron que nada justifica la aniquilación. Esperemos que lo entendieran también los que pueden evitar que se repita.
3 Comentaris:
Ojalá lo entiendan ellos y lo entendamos todos, no todo en este mundo depende de los que tienen el botón a su disposición, también depende de nosotros, por lo menos entender y ayudar a los que sufren...
Un beso.
Yo estuve en Pompeya, y quedé impresionado por las formas de yeso como las que has colgado. Personas en las más diversas posturas, cogidas de improviso por algo que no podían explicar. No se me había ocurrido la analogía con Hiroshima, pero en ese sentido sí que la hay. La gran diferencia: el Vesubio no piensa, ni siente, ni decide. Harry Truman sí.
Excelente escrito. Felicitaciones.
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