15.3.05

Tiempo de milagros

Instalado en la azotea, con los pensamientos carcomiéndome el cuero cabelludo de persistente angustia, miraba al cielo. Presente sólo por obligación física, repasaba una y otra vez su última mirada, aquella que certificaba su asesinato, aquella en la que comprendí que no me quería. Es decir, me quería, pero nunca la tendría. Seguiría allí, a medio paso de mi, a un oceano de distancia de mi corazón. Nunca la tendría, y seguía pasando el dedo de mi consciencia por la herida abierta y latente.



Y el peso de mis pensamientos, el peso inacabable del vacío que poco a poco iba ensanchando mi tristeza iba haciendo mella en mis ojos, que empezaron a gotear, indefensos. La puesta de sol certificó mi derrota, sólo la noche haría justicia a mi pesar.



Pero había olvidado algo esencial. La vida es un milagro. La vida es lo único que realmente vale la pena; lo único indiscutible. Y tragué la pena, que era poca porque los rayos que destiñen la oscuridad de la noche se lo llevan todo. Nada es suficientemente pesado como para sobrevivir a la terapia de un nuevo día. ¿O acaso una mirada es más duradera que el guiño del sol?

2 Comentaris:

Blogger Miada deia...

No.Ninguna mirada es más duradera que un rayo de sol, pero sin duda pueden hacer mucho más daño y todo lo contrario, darte mucho más calor que el propio sol.
Un beso.

8:22 p. m.  
Blogger eric castel deia...

Aquesta mirada que comentes és molt dura si, massa, i lo pitjor és saber que no es pot fer res per a canviar-la.

12:13 p. m.  

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