Volver sobre tus propios pasos
Un sol abrasador, diez años de travesía. Un desierto doloroso, sin salida aparente, cambiante y muy, muy lejos de la tierra fértil y brillantemente verde desde la que se inició esta triste caminata. Sin rumbo, sólo con el agua de la cantimplora y el recuerdo de un tiempo mejor.
Sedientos, cansados y ligeramente enajenados, llegamos al final del desierto. Una vasta tierra de riquezas y esplendor nos aguardaban y nos sentamos a contemplarla. Reposando en una piedra plana, reflexionamos. Miramos hacia atrás y vemos la cantimplora vacía, aquella que tiramos al suelo al llegar a la frontera del desierto. La agitamos y nos parece oír que aún queda un poco de agua.
La suficiente para dar media vuelta y volver a emprender la travesía, cegados por el sonido de cuatro gotas, valientes por haber olvidado lo que es tener sed. Y echamos a andar sin tener en cuenta que serán muchos años sin volver a ver el verde.
Sedientos, cansados y ligeramente enajenados, llegamos al final del desierto. Una vasta tierra de riquezas y esplendor nos aguardaban y nos sentamos a contemplarla. Reposando en una piedra plana, reflexionamos. Miramos hacia atrás y vemos la cantimplora vacía, aquella que tiramos al suelo al llegar a la frontera del desierto. La agitamos y nos parece oír que aún queda un poco de agua.
La suficiente para dar media vuelta y volver a emprender la travesía, cegados por el sonido de cuatro gotas, valientes por haber olvidado lo que es tener sed. Y echamos a andar sin tener en cuenta que serán muchos años sin volver a ver el verde.
La cantimplora vacía.
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