Uno se asombra al leer a Shakespeare, a Homero o a Séneca. ¡Qué vigentes son sus problemas! ¡Qué modernas sus reflexiones! Claro, por eso son clásicos; por eso su vigencia es, si se me permite, eterna.
¿Y por qué sucede eso? Pues básicamente porque tratan sobre la humanidad y porque la humanidad no ha cambiado tanto; nosotros no hemos cambiado tanto. De hecho, nada. Seguimos igual que siempre, incapaces de superar nuestras debilidades endógenas.
Así pues, cuando nos sintamos iluminados por una gran verdad clásica o por la revelación de un texto antiguo no creamos que hemos aprendido algo; sólo será la constatación de que estamos ante una asignatura pendiente. Para siempre.


De Homero a Homer...