Volver sobre tus propios pasos
Sedientos, cansados y ligeramente enajenados, llegamos al final del desierto. Una vasta tierra de riquezas y esplendor nos aguardaban y nos sentamos a contemplarla. Reposando en una piedra plana, reflexionamos. Miramos hacia atrás y vemos la cantimplora vacía, aquella que tiramos al suelo al llegar a la frontera del desierto. La agitamos y nos parece oír que aún queda un poco de agua.
La suficiente para dar media vuelta y volver a emprender la travesía, cegados por el sonido de cuatro gotas, valientes por haber olvidado lo que es tener sed. Y echamos a andar sin tener en cuenta que serán muchos años sin volver a ver el verde.

La cantimplora vacía.





